Ricardo Arjona

Actualizado: 16 oct




Había una historia que quería contar en la que el hilo conductor (de principio a fin) fue la música de Ricardo Arjona. No había otra manera más adecuada de hacerla, de decirla, que intentando escribir una canción que el propio Ricardo hubiera escrito al principio de su carrera.


Había mucho que contar y poca hoja en blanco. La inspiración, las ansias de decir y la emoción danzaban a veces y a ratos peleaban a muerte. Al final, quedó escrita.


No pudo haber cereza en el pastel más dulce y más roja que haber tenido el privilegio de grabarla con el gigante Víctor Patrón al piano, un tipo del que no se sabe si tiene más grande el corazón, el talento, la sensibilidad o la generosidad. Encima de todo, Víctor trabaja recurrentemente con Arjona como arreglista, músico de estudio y director musical —un verdadero monstruo—.


Trabajamos la canción, según me contaba él, de la misma forma en que trabaja con el Apolo Guatemalteco. Yo no pude hacer más que fingir que no me estaba rapeleando la mejilla alguna lágrima alpinista por la emoción de escuchar una canción mía en las manos de una deidad pagana. La canción quedó exactamente como la escuché rebotar dentro de mi cabeza cuando terminé de escribirla: no había gota que agregarle.


Gracias Victor, gracias Ricardo. Tercera llamada. Comenzamos.


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