La inseguridad (a mi estilo)

La inseguridad había venido a formar parte de mi guardarropa habitual desde que tengo memoria suficiente. Dudar de una decisión, titubear en la ruta a seguir, tartamudear por desconfiar en la palabra que sigue, todo se había vuelto algo más recurrente en mí que una billetera a reventar o que una sonrisa que no fuera fingida. Ahora les vengo a relatar cómo fue que me metí a un cuadrilátero con dicha inseguridad y la molí a golpes, cual Julio César Chávez.


No había espacio para inseguridades en alguien que escribe canciones y canta delante de cierta cantidad de gente, el problema es que ese alguien (yo) no lo sabía; así que andaba de aquí para allá con sus inseguridades a cuestas, como si se trataran del periquillo rengo y desplumado de algún pirata de medio pelo.


Cada vez que escribía una estrofa o que cantaba un verso, repiqueteaban como campanas viejas de iglesia en mi cabeza las voces de mis compañeros de camada con comentarios como —horrible— o mejor aún —qué mal que lo hiciste—. Entre burlas y cuchicheos imaginarios, yo vivía amordazado de pies a cabeza con la idea de que no importaba cuánto me esforzara, cualquier cosa que yo hacía no estaba bien hecha.


Los meses pasaron y vinieron a hacer lo que siempre hacen: empeorarlo todo. Agarré una fobia terrible a crear y a que alguien escuchara lo que me había atrevido a crear recientemente. Debo haber arrancado y hecho bola unas tres libretas con cosas que escribía y que no me gustaban. Dejé de cantar en la mitad de los lugares en donde estaba cantando y en los que seguí, pedí que me pusieran en las horas en las que casi no había gente. Era yo un ejemplo absoluto de un Panofóbico.


La falta de costumbre al encierro y mi exceso de ganas de hacer el ridículo salieron triunfantes (otra vez) y al cabo de algún tiempo de autoexilio voluntario, volví a guitacanturrear por todos lados; eso sí, con las vocecitas a todo volumen.


Había que ponerles un freno de algún modo. El primer paso era aprender de John Nash el sutil, furtivo y noble arte de ignorar a las alucinaciones; una vez completado, había que desterrar el miedo y retomar el gusto por surfear hojas en blanco y cuadernos pautados. El avance era lento, pero seguro.


Me fui a vivir a Guadalajara y en la mudanza se me fueron de polizontes los fantasmas. Mi semblante siempre fue el de un tipo seguro de sí mismo como autor/cantante/músico, nada más lejos de la realidad: me daba pánico mostrar lo que hacía y cómo lo hacía; nadie debía notarlo o mi reputación como recién llegado y talentoso pueblerino estaría por los suelos.

Ya llevaba por dentro uno, así que no podía permitir un fracaso por fuera.


El único antídoto que conocía era ponerme de frente a lo que me daba miedo, agarrar aire y enfrentarlo; "tomar al toro por los cuernos" que le llaman. Mostraba canciones, cantaba y tocaba la guitarra frío y confiado por fuera, tembloroso y en derrumbes por dentro. ¿El resultado? Pasé tan desapercibido como un pingüino en un convento.


Con la vida caminando a paso de pentatleta, aprendí de los grandes a escribir canciones, diseñé una manera de cantar que se volvió mi estilo y fui llenándome los bolsillos con la confianza de que hacía las cosas bien. Las vocecitas ya no estaban (y si estaban, honestamente ya no las escuchaba).


Comencé a producir mis canciones en casa. Por necesidad (y muchísima terquedad), aprendí a tocar otros instrumentos que no fueran la guitarra para que mis grabaciones sonaran un poquito más "completas"; así empecé a tocar el bajo, algunas percusiones y empecé a tocar el piano, cosa que siempre (desde que me dedicaba a la música) había querido hacer. Hice muchas maquetas (unas buenas y otras malas) y se las mostraba lleno de orgullo a toda mi gente cercana.


Las cosas fueron saliendo y los relojes caminando. Empecé a producir para mucha gente (benditos sean por confiar en mis manos) y fui encontrando un pequeño espacio en este inmenso mundo de La Producción al igual que con todo lo demás: a mi estilo (porque nunca aprendí a hacerlo de ningún otro modo). Fui haciendo de todo y eso le iba pincelando más y más grande a mi corazón.


¿Quién iba a decir que un bato sin talento iba a ir cumpliendo, paso a pasito, todas las cosas que nunca imaginó que cumpliría? Qué fortuna eso de los errores de la Matrix.


Las inseguridades siempre van a estar como piedra con la que nos vamos a tropezar o como trampolín para llegar más alto; depende de si somos de los que vemos el vaso medio lleno o medio vacío o si simplemente vemos el vaso. Punto.


El miedo a hacer las cosas mal sigue ahí, pero esta vez no permito que me detenga. Le pinto dedo cada vez que se asoma y me burlo de él en su cara. Me parece incluso que ahora es él el que me tiene miedo a mí.





9 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo