El Pirata de Caibarién

Desde pequeño me vi atraído por el arte, en particular por el dibujo. Cuando era niño quería ser dibujante de cómics y trabajar para Marvel (un día te voy a contar la historia de cuando conocí a Humberto Ramos, dibujante mexicano que la está rompiendo desde hace varios años dibujando a Spiderman). El personaje del que te cuento aquí, llegó a mi vida de la manera más aleatoria que se podría pensar. Azar que le llaman.


Mi primer acercamiento a Waldo Saavedra se dio mientras curioseaba en los créditos del disco Un secreto a voces de Alejandro Filio, ahí decía que quien había hecho el arte era un tal Waldo Saavedra. Recuerdo que aquello había llamado muchísimo mi atención, estuve viendo el librillo y la contraportada durante varios minutos, me llamó muchísimo la atención la tipografía (que más tarde supe que ERA SU LETRA) y lo onírico de las imágenes. Seguí comprando discos de Alejandro Filio y me seguía topando con el susodicho Saavedra, al parecer eran colaboradores habituales. Cada obra que me encontraba era como un pelotazo en el vidrio de la ventana de mi corazón: Hermano lobo, La verdad, Caín, por mencionar algunos.


Me pareció ver algo muy familiar en el arte de un par de discos de la banda mexicana de Rock Maná y al satisfacer mi curiosidad me di cuenta que no estaba tan jodido del ojo (todavía). En efecto, Waldo también había hecho el arte de Cuando los ángeles lloran y Sueños líquidos, ¡este tipo estaba en todos lados!

La vida empujó el velero de mi vida a la ciudad de Guadalajara en donde entre amigos y desamores, tuve suerte de toparme con Denisse, una chica feliz y sonriente que siempre ha tenido el corazón dispuesto a ver por la felicidad de los demás. Grandísima sorpresa la mía (y carcajada la de ella) cuando, mientras hablábamos en una reunión, yo comenté que había un artista cubano que vivía en Guadalajara que me parecía formidable y que se llamaba Waldo Saavedra, —es mi papá— dijo.


Tuvieron que pasar algunos años para que Denisse me presentara a su papá (debo admitirlo, cuando estoy en modo fan estoy a kilómetros de distancia de ser alguien a quien te gustaría llevar a casa).


Cuando lo conocí solo pude percatarme de dos cosas: 1. era más grande (de genialidad, no de estatura) de lo que pude haber pensado nunca y 2. tenía el corazón de un dios pagano. Aquel primer encuentro solo pude quedarme callado la mayoría del tiempo, escuchándolo hablar y buscando el epicentro de tantísima magia (porque has de saber que, aparte de pintar como nadie, escribe con una pluma que no le envidia nada a los mejores escritores de varias generaciones latinoamericanas).

El río estaba revuelto y yo traía la emoción a flor de piel. Me había dado cuenta de lo que significaba de verdad ser un artista y vivir con ello, como ello. La canción estaba ahí, nomás era cosa de sentarme a escribirla. Y así lo hice: una y otra y otra vez. Oficialmente, El Pirata de Caibarién es la canción con más versiones escritas de toda mi carrera.


La idea era guardarme la sorpresa hasta su publicación, pero siempre he sido malísimo para sorprender a la gente que me importa. Así que la siguiente vez que nos vimos (en la boda de su hija) entre la emoción, la felicidad y los tragos encima se lo tuve que decir.


Grabarla fue una odisea, sabía que tenía que sonar a Son, pero no quería el Son en toda su extensión, quería Rocanrol. Me acordé de lo que hacía David Torrens y le busqué por ese lado.


Ni te platico lo que fue cantársela de frente después de una deliciosa comida y una charla apabullante e interesantísima de muchos temas, con su familia al lado, en su casa, custodiados por muchas de mis obras favoritas (Jesús ícaro esta en el top).

Por un momento, fue como si fuéramos uno de sus cuadros y todo lo que estuviera sucediendo fuera un sueño.


Si no has escuchado El Pirata de Caibarién, dale click acá, estoy seguro que te va a llevar a saludar de mano a Waldo y su obra, especialmente si no lo conoces.


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